Esther Guijo: mi reto Ultrail La Covatilla

Cuando me enteré de que iba a celebrarse la primera edición del Ultra la Covatilla, el deseo y la duda irrumpieron en mi cabeza: ¡Uffff…un ultra a mediados de octubre…demasiado tarde para mí que me gusta correr con sol y buen tiempo… son muchos ya los kilómetros acumulados en las patas a estas alturas de temporada…!
Pero… ¿Cómo no voy a ir? ¡Si es en mi casa! ¡Y encima pasa por Puerto! ¡Y lo organiza Miguel Heras!
Y como suele pasarme en estos casos, pudo más el corazón que la cabeza y en cuanto abrieron inscripciones, allí que me apunté, de la mano de Raúl, compañero de locuras y aventuras montañeras.
Pero claro, estos arrebatos que le dan a una sentada frente a la pantalla del ordenador, contemplando los toros desde la barrera, desde donde todo te parece fácil y posible, te juegan la mala pasada de que se hacen reales, y así, esta impulsividad a la que amo y odio en igual medida, me llevó a situarme en el parque de Béjar, el día 15 de octubre, a las 7 de la mañana, dispuesta a tomar la salida.
Cuando me enfrento a una carrera de estas características, siempre lo hago con nerviosismo e inseguridad y con la sensación de que voy a ser la que menos va a correr de todos los participantes y la última que va a atravesar la línea de meta, si es que consigo hacerlo. No importa que una acumule ya bastantes ultras en las patas, las sensaciones se repiten siempre. Son ideas recurrentes que sacuden mi cabeza. Pero como ya se sabe, esto de los ultras es sobre todo manejo y control mental, y con disciplina férrea, vas y pones a tus fantasmas en su sitio, sacas todo el genio y el coraje que llevas dentro y le plantas cara a la situación, le enseñas los dientes y te dices a ti misma: “A morir matando, Esther, vamos a la guerra, a ver quién gana la batalla en esta ocasión, a disfrutar de lo que más me gusta: las montañas y el desgaste físico, poner cuerpo y mente al límite…” qué le vamos a hacer si una es así, y cual conquistadora de lo inútil, encuentra la felicidad en estas cosas.
La carrera está a punto de comenzar. Hace frío, noto el cuerpo perezoso, le cuesta entrar en acción a temperaturas bajas, y más cuando son los primeros fríos de la temporada. Con nervios y pocas ganas de hablar, saludo a amigos y compañeros de batalla, esperando a que den la salida y termine ya la tortura previa. Salimos. Siempre digo que los primeros kilómetros de un ultra son los más difíciles de gestionar, si haces caso a tu cabeza, te darías la vuelta y correrías de vuelta a tu cama. Es inevitable pensar: “pero donde voy, si tengo por delante más de 80 km y un montón de horas de carrera, esto es imposible, no tiene sentido” ¡Stop! ¡No se piensa!…hasta que no pasen al menos cuatro horas, no permito que mi mente se detenga en este tipo de ideas, y me centro en el momento, en la carrera, las sensaciones, respirar el aire del amanecer…soy una afortunada de poder estar aquí.
Poco a poco, mi cuerpo se despereza. Voy con Raúl hasta que llegamos al primer avituallamiento en el Km 7. Él se para para quitarse ropa, yo, como en otras ocasiones, prefiero continuar, soy muy rítmica y parar no me va bien, ya me dará caza en breve, pero ya no le vuelvo a ver. Seguimos subiendo, en repetidas ocasiones aminoro un poco el paso y miro hacia atrás intentando localizarle, pero no consigo verlo. Al llegar a La Covatilla recibo los ánimos de amigos y paisanos lo que supone una inyección extra de motivación. Pese al viento y el frío, mi cuerpo funciona y tengo buenas sensaciones. Seguimos subiendo y corriendo por la cuerda del Calvitero. En el avituallamiento de la Goterita enlazo con Alfredo, tercer componente en carrera de “Los Uña Negra” afrontamos juntos La bajada a la laguna del Trampal, que discurre por pedreros técnicos, además las piedras están húmedas y patinan, hay que tener cuidado. Suelo moverme bien por este tipo de terreno, pero quiero ser prudente y no asumir riesgos innecesarios.

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De camino ya a la Laguna del Duque, comienzo a tener calorcito, se nota el descenso, el sol empieza a mandar, el viento nos da una tregua En el avituallamiento pienso incluso en ponerme en corto para que el cuerpo respire, pero finalmente decido no hacerlo, pues pienso que en la nueva subida que tenemos que afrontar, el frío y el viento querrán volver a ser protagonistas. ¡Comienza nuevamente la fiesta! ¡Toca subir!
Tras superar la tubería y acceder a la laguna, afrontamos unas trepadas, me siento cómoda en ellas, me gustan, disfruto. Las patas ya van calentitas, es hora de encararse con la canal de Hoyo Malillo. Desde abajo, diviso la hilera serpenteante de colores fosforitos que salpican el escarpado terreno, los veo pequeños… pequeños somos en medio de esta inmensidad de montañas entre las que tenemos la suerte de vivir. Voy subiendo a ritmo, nadie me da caza por detrás, yo voy cogiendo a algunos corredores. Comparto el tramo herboso final con un almeriense de adopción que, cosas de la vida, me dice que su familia tiene casa en Puerto… ¡Manda narices que una conozca a los vecinos en estas circunstancias!
Al alcanzar la cuerda, la carrera nos obsequia con un espectacular paisaje. Unos voluntarios me indican desde esta majestuosa atalaya por dónde continúa nuestra aventura. Troto un poco para darle vida a las piernas después de la fatigosa subida. Mi cabeza fantasea con la posibilidad de seguir corriendo, pues las piernas aún responden, hasta que un voluntario me hace presagiar que de nuevo vuelve el terreno técnico. Asombrada, afronto el Paso del Diablo, me gustan este tipo de destrepes en carrera, así que lo disfruto y me recreo contemplándolo unos instantes una vez lo he superado.

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Pasamos muy cerca de la cumbre del Torreón y comenzamos una bajada técnica en escalones, entre grandes bloques de piedras, atravesando lugares emblemáticos de la sierra como Hoya Moros.

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Bajo bien, pero empiezo a notar ciertas molestias en la planta de los pies y me alegro de haber dejado otras zapatillas en la bolsa de vida de Hervás. Llego por fin a la Dehesa de Candelario, recupero fuerzas en el avituallamiento y aprovecho, al fin, para quitarme ropa, pues dejamos ya atrás la zona de alta montaña. Llegado este punto toca hacer balance, empieza la segunda parte de la carrera y aliviada, desterro uno de los temores que había rondado por mi cabeza antes de afrontar la prueba: aún tengo fuerzas para correr. Me uno a un grupo de corredores y compartimos carrera hasta Hervás. La bajada hasta la localidad extremeña me resulta espectacular, un camino empedrado precioso que hago íntegramente corriendo, disfrutando y sintiéndome afortunada por poder disfrutar de momentos así. Cuando entro en Hervás me llevan en volandas las voces de ánimo de mi gente, Felipe, Esperanza, Elvira y los peques. Felipe hijo me acompaña corriendo hasta el polideportivo, da gusto ver correr a este chaval, pienso, una técnica perfecta. En el pabellón aprovecho para cambiarme de ropa y de zapatillas, como un poco, relleno bidones y… ¡Vámonos, que me siento fuerte!
Comienzo una subida pronunciada en la que sudo la gota gorda… ¡Madre mía! En esta carrera no acabo de encontrar el equilibrio en lo que a temperatura se refiere, son las seis de la tarde y seguramente en pocas horas el termómetro se desplome de nuevo .Si a esto le sumamos el desgaste físico, es posible que el frio vuelva a ser mi compañero de viaje. Sigo trotando cuando el terreno llanea o desciende y así, poco a poco me acerco a La Garganta. En el avituallamiento hay un ambiente estupendo. Los voluntarios se vuelcan con nosotros. Aprovecho para sacar el frontal, pues queda ya poco tiempo de luz. Corro unos kilómetros por la carretera que se dirige a Baños hasta llegar al camino, es momento de encender el frontal. La senda de bajada es estrecha y sinuosa, con mucha vegetación. Voy atenta al suelo, no quiero caerme a estas alturas. Llevo una especie de marcha-trote, me siento fuerte, aún con energía pese a los kilómetros acumulados. Voy sola y en este magnífico escenario afloran mis instintos animales y me sorprendo pensando que me siento jabalí en medio de la noche, me escucho incluso gruñir…madre mía, esto de correr tanto no es bueno para la cabeza…
Pronto veo las luces de Baños y en breve vuelvo a ver mis pasos escoltados por las ágiles carreas de Felipe y Andrés. En el avituallamiento me cuesta ya comer, no me entra nada. Callejeamos por Baños, vuelvo a ver con ilusión a Esperanza y Elvira, que se vuelcan en ánimos conmigo y me informan de que Raúl sigue en carrera junto con Alfredo. ¡Los Uña Negra seguimos batallando! Felipe me acompaña en la salida de Baños. Este hombre es incombustible. Me cuenta cómo le ha ido en el maratón y se despide de mi cuando el camino se estrecha no sin antes ponerme al tanto de las características del terreno en el que voy a adentrarme.
¡Ya huelo a Puerto! eso me da alas, pese a lo incómodo del camino que discurre por la vía desmantelada. Me muevo por territorio conocido, voy saboreando la alegría de llegar a casa. Miro a la izquierda, veo las luces de la gasolinera…ya no queda nada. Pienso en las veces que he paseado por este camino…cuando me quiero dar cuenta estoy saliendo al depósito. Allí me espera uno de los momentos más emotivos del día. Una algarabía de chiquill@s (y no tan chiquillos) me está esperando y todos juntos nos lanzamos calle abajo, desbocados y sin freno por “La Cuesta de La Simona” Me emociono, a estas alturas de carrera, con el cuerpo muy castigado ya, las emociones están a flor de piel. Nos acercamos al ayuntamiento. Describir este escenario me resulta muy difícil. Lo había vivido ya en la Ruta Vetona el año pasado, pero no por repetido fue menos intenso ni emocionante. Toda mi gente animándome, arropándome… pienso en estos momentos y aún se me ponen los pelos de punta, son esos instantes que se quedan grabados en lo más profundo de tu memoria y pasan a formar parte de la película de tu vida.
Me despido agradecida y orgullosa de mi gente y entono el grito de guerra “¡Y ahora me voy a Peña Negra!”
Mentalmente intento motivarme: Venga, Esther, que ya solo es un paseo…subir a Peña Negra, una de mis montañas fetiches, la primera montaña que subí siendo niña, la montaña a la que siempre necesito volver cuando estoy en Puerto…
Abandono la zona iluminada y me adentro en la oscuridad. Voy sola. Me siento cómoda en el monte en medio de la noche, me gusta. Subo más o menos bien hasta la Dehesa. Me voy embobando por el camino, contemplando con admiración el inigualable espectáculo que me ofrece la noche, con una luna llena que quiere ser testigo de la agonía que va a depararme “mi montaña” Cuando comienzo la parte más escarpada soy consciente de mi agotamiento y me siento extenuada, aminoro bastante el paso, ya voy como puedo, el caso es no parar, el cansancio me ha caído encima como una losa, pienso en comer, pero me siento incapaz de meter nada en mi estómago. Por momentos tengo sensaciones similares a las que experimenté la segunda noche en el UTMB. Sé que la cabeza tiene la clave, intento distraerme, pienso que es la primera vez que subo a Peña Negra de noche, y contemplo el bonito escenario de las luces de los pueblos dispersas en la lejanía. Oigo voces detrás de mí, comienzan a darme caza algunos corredores. Agradezco sus ánimos y apoyos. Por fin corono en el collado de lo que nosotros llamamos “El Canchal de la Muela” Acepto la coca cola que me ofrece un voluntario y… ¡ ale! a intentar trotar, que ya todo es cuesta abajo, ¡esto ya está!
Mi cuerpo se recupera un poco y consigo dar algo de viveza a mi marcha/trote, que a estas alturas una se mueve ya de maneras difíciles de catalogar. Intento seguir a los corredores que me van alcanzando, pero solo puedo hacerlo por pocos minutos, enseguida vuelvo a quedarme sola. Llego ya a Llano Alto y enseguida al Castañar. Huelo a meta. Dejo atrás la oscuridad, las luces de Béjar me abrazan, me dan la bienvenida, y de nuevo, los gritos de mi gente, de mis amig@s que una vez más quieren arroparme con su cariño en la línea de meta. Otra vez los chiquill@s que me acompañan: Esto es la gloria, lo he conseguido, estoy en meta después de 17 horas. ¡Me siento feliz, muy feliz!

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4 comentarios sobre “Esther Guijo: mi reto Ultrail La Covatilla

  1. Leyendo tu artículo he sentido cada uno de los kilómetros que has recorrido. Sabía que te gustaba la montaña, pero no que fueras tan lejos. Que sigas disfrutando esta pasión, y compartiéndola con los que nos tenemos los mismos gustos, aunque los vivamos de forma más sosegada.

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    1. Muchas gracias,Antonio.Es difícil describir con palabras vivencias tan intensas como las q te aporta la montaña y las carreras en este medio,y tu bien lo sabes.A seguir disfrutando de esta pasión por la q hemos tenido la suerte de ser seducidos!!!salud y muchas cumbres por subir!!!!

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  2. Yo soy el Almeriense de adopción, con la charla esa subida se me hizo bastante más amena, iba fatal con calambres, tarde justo una hora más que tú, aún así, correr en casa es maravilloso, enhorabuena campeona.

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